Textos y artículos

Archivo trampantojo del horror

Pepe Yñiguez. Diario de Sevilla

En una obra de 2007 titulada Yo traigo todo lo que tú necesitas María José Gallardo ensayaba una especie de género híbrido entre la escultura y el archivo. Un carrito de helados contenía en su interior 80 cuadros de pequeño formato de temática variada: muestrarios de helados, labores de bordado, retratos de heroínas de revistas femeninas o condecoraciones. Quizás no tuviera el rigor conceptual ni la coherencia estructural para constituir un verdadero ejemplo de lo que se considera archivo desde que se extendiera su práctica con el arte conceptual. Pero entonces tampoco lasBoîte-en-Valise de Duchamp lo serían y no pasaría nada; no es fácil establecer categorías precisas en el arte contemporáneo y tampoco estrictamente necesario. Con las maletas de Duchamp se relacionaba esa obra por el humor desplegado y el gesto de encerrar el mundo del museo en un objeto ambulante.

Desde entonces, ya sin recurrir a contenedores más o menos al uso, ha seguido bordeando la práctica del archivo desde la pintura. En el archivo, la noción de obra única desaparece para hacer de sus componentes registros de información. Gallardo no pretende suscribir la lógica del archivo, pero ocurre que la cantidad de cuadros de diferentes formatos sobre un mismo tema y su presentación en las salas de exhibición le acercan a la misma o, en todo caso, hacen que cada una de sus exposiciones puedan entenderse como una obra única que podría seguir creciendo al mismo tiempo que se dispersa, como de hecho ocurre al venderse las piezas de la misma. Eso ocurría en su exposición Teneo Tesobre la iconografía de la muerte, también en Delimbo, o en la última del CAAC, hace poco más de un año, sobre la doncella guerrera.

Ahora, con una capacidad de trabajo sorprendente, la artista (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1978) se fija en Hitler y en el nazismo con un aluvión de imágenes que abren perspectivas nuevas y lo actualizan. Después de Auschwitz, después de los horrores de nazismo, Adorno proclamó que no se podía escribir poesía, mientras Paul Celán trasformaba el dolor en poemas. Documentales sobre el Holocausto, películas, libros y reportajes tratan de mantener nuestra conciencia despierta sobre lo que supuso el nazismo, de todo un pueblo, de todo el mundo por extensión, dividido exclusivamente en víctimas y verdugos. Y todo esto sigue siendo necesario porque parece que, precisamente por tanta insistencia, nos olvidamos del tema.

Gallardo ensaya otra estrategia para retratar la monstruosidad y creo que parte desde esa misma asimilación por el olvido. La autora la saca nuevamente a la luz, presentando la cara cotidiana de los verdugos. Apoyándose en una exhaustiva documentación gráfica, nos remueve la conciencia desde el derecho a la felicidad de cualquiera. Las imágenes de Hitler posando de las más diversas maneras, entregado a celebrarse con los suyos, con su amante Eva Braun, con Himmler, Göring o Goebbels y hasta con sus perros, inundan los cuadros de la artista, haciendo que la radiante felicidad que destilan, la confianza con la que desarrollan actos protocolarios o de autopropaganda, nos produzca una incomodidad nerviosa. El montaje de las obras contribuye en buena parte a ello: dos paredes laterales repletas de cuadros en los que no queremos detenernos mucho rato al reconocer a los personajes, sino saltar al de al lado y de éste rápidamente a otro, hasta quedar atrapado por el oficio, la eficacia y la minuciosidad de la pintura, de una pintura que arrastra, y hasta intensifica con sus tonos grises y apagados, en ocasiones con fondos de pan de oro, buena parte de la carga documental de las fotografías que la origina, para finalmente caer de nuevo en la cuenta de qué es lo que estamos mirando. Y si queremos escapar del desasosiego, ahí está otra vez, ya lo hemos visto de lejos al entrar en la sala, el retrato de la cara de Hitler flanqueado por dos grandes pinturas murales con águilas imperiales.

La exhibición de estas obras en un espacio que es galería, y una galería muy vinculada al arte urbano, que también es un centro de producción artística y una tienda de ropa que aspira a marcar tendencia, resulta un acierto, muy adecuada para lo que se muestra y la forma en la que se hace. Los cuadros, alrededor de 80, se alternan con pinturas murales y grafitis de letras góticas, tan usadas por la artista. Ya el título de la muestra, detrás de la ironía, demuestra un acercamiento original al tema, porque desde una perspectiva actual -Hitler también convertido en emoticono- se revisa un periodo siniestro de la historia, ofreciendo, al final, una imagen general de gran farsa, de un grotesco trampantojo que no engaña a nadie sino que revela la verdadera naturaleza del monstruo, el horror oculto en la felicidad cotidiana de los verdugos y la exhibición grosera de un poder absoluto que justifican por designios tan falsos como míticos y místicos.