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Érase que se era un osario florido

Silvia Alzueta Según Vitrubio en su conocido tratado, De Architectura, el ornamento u ornatus se diferencia de lo formal, o venustas, en que lo formal constituye lo importante y lo ornamental lo superfluo. En algunos períodos como en el Rococó este orden se subvierte, la forma arquitectónica se convierte en el soporte o el mero pretexto para una rica y variada decoración en la cual la yesería será máxime representante, pero también los paneles de madera, las telas, los tapices o los espejos… son los elementos encargados de engañar a nuestros sentidos hasta elevarnos al tan deseado estado de éxtasis estético, embriaguez o incluso, alienación de los sentidos, sin perder nunca la elegancia de la cual este arte hace alarde. El ornamento, no obstante, no sólo se supedita a la pared sino que los muebles consiguen la independencia del paramento llenando el espacio de las estancias íntimas, dando gran movimiento y sobre todo multitud de posibilidades para un entorno preparado para lo inesperado, para albergar cualquier juego inesperado, decorando estos muebles también de forma exquisita. Sobre ellos se pueden disponer objetos insólitos, exóticos, llenos de elegancia, que pueden ir desde un reloj a una pequeña escultura. Las mujeres, que en este espacio y en esta sociedad comienzan a tener un papel importante, forman parte de este ornamento con el maquillaje, las joyas, las pelucas, los vestidos, etc. El ornamento no es, como en siglos anteriores, lo superfluo o accesorio, sino más bien la nota de color de la belleza rococó, aunque no la única. Con el ornamento la belleza no sólo se atiene a la función, sino también al placer y al deleite de los sentidos mediante lo formal. Es en este momento histórico, en el crepúsculo del Antiguo Régimen, es donde nos miramos de forma especular para hablar de la serie Capitulares de María José Gallardo, pero desde una perspectiva actual. El ornamento tiene en la obra de María José Gallardo un peso medular. Este elemento tradicionalmente se entiende como secundario o subsidiario, ya sea en relación a la arquitectura, escultura o pintura: es aquello que no tiene importancia ya que no posee función más allá de embellecer u aportar gracia, siempre dependiente, y no de forma autónoma, a la obra que acompaña. Esto se puede llevar también a otros ámbitos como es el caso de las viviendas, la ropa, animales de compañía, los coches o, incluso, el maquillaje. Nuestra realidad está configurada por objetos que tienen una función pero que dentro de la misma la estética del objeto está altamente cuidada para atraer nuestra atención, de hecho todo está atravesado por esta condición, cualquier cosa que pensemos, incluso la más fútil, por ejemplo una escoba, puede estar diseñada con elementos decorativos que nos hagan esa pesada tarea, en principio, más llevadera gracias a su singular diseño no por ello más ergonómico o mejor. Si tras las vanguardias el uso de la decoración, del ornamento, estaba totalmente condenado por parte del buen arte de tal manera que las superficies se hacían cada vez más puras en el uso de materiales y de elementos formales, se despoja de todo lo superfluo en su búsqueda hacia la autodeterminación de cada género. La pintura, para ser pintura, sólo debe centrarse en aquello que le es propio, las guirnaldas de flores, la pintura de calidades, los bodegones, etc. quedan totalmente desterrados. Esta percepción de que el arte no puede ser decorativo y debe por tanto carecer de ornamento es uno de los aspectos sobre los que reflexiona María José Gallardo y se sirve para ello exclusivamente de elementos decorativos como pueden ser una corona de flores, las guirnaldas y capitulares tomadas de un libro miniado, las hojas de acanto de cualquier moldura o la decoración de un escudo heráldico cuyos elementos han podido ser compuestos y alterados al antojo de la artista. Por otra parte hay que señalar que estos elementos ornamentales se encuentran ubicados en un espacio incierto sobre un fondo neutro ya que son sólo eso, ornamentos que la creadora nos propone que miremos no como un arte decorativo sino como una pintura acabada y cuyo elementos central es el objeto que nos presenta. El ornamento en este caso no hace vistoso al cuadro sino que el cuadro pasa de ser ornamentus para convertirse en venustas. En algunos casos los elementos decorativos aparecen de forma exenta, como es el caso de Corona funeraria con vid y olivos, 2008, óleo y esmalte sobre lienzo, 200 x 200 cm. y en otros se yuxtaponen en perfecta armonía sobre el lienzo saturando la superficie hasta la extenuación. Un claro ejemplo de ello Osario, 2010, óleo y esmalte sobre lienzo,150 x 150 cm., cuyo cuerpo central lo componen unas amazonas a caballo que a través de banderas heráldicas y calaveras que componen una guirnalda en forma de árbol genealógico van uniendo los personajes que la componen, que no son otras que santas que portan en su interior trozos de huesos. Con este cuadro la autora hace referencia a los relicarios que inundan las iglesias de la cristiandad y sobre cuyos restos existen todo tipo de historias no oficiales en las que los miembros de ciertos santos se encuentran dispersos e incluso duplicados. El culto a estos elementos en torno a los que se generaban estructuras que los contienen con formas varias son las que la artista recoge. Dentro de esta tipología se centra en las conocidas como de busto y estatua que nos presentan a la santa mártir y forman parte de la cultura popular y oral a la que la creadora nos remite en todo momento uniendo, a través de todo tipo de diacronías temporales, distintos momentos históricos a través de un apropiacionismo desmesurado. Así, vemos a María Magdalena con sus cabellos largos que mira al espectador directamente mostrándonos un ancla tatuado en su muñeca y vestida con un complejo modelo de telas superpuestas. A la izquierda del lienzo una letanía ilegible cuyo texto sólo María José conoce, nos obliga por tanto a detener nuestra mirada sobre el mismo y mirarlo como un icono ante la incapacidad de lectura a la que la artista nos condena. Ya en su Ética a Eudemo, Aristóteles describe exactamente aquello que conocemos como experiencia estética, que él denomina, al igual que Pitágoras, ?asumir una actitud de espectador?. Creemos realmente necesario describir esta actitud tomando para esto las palabras de Tatarkiewicz: ?a) se trata de la experiencia de un placer intenso que se deriva de observar o escuchar, un placer tan intenso que puede resultarle al hombre difícil apartarse de él; b) esta experiencia produce la suspensión de la voluntad [?]; c) la experiencia tiene varios grados de intensidad [?]; sin embargo, en comparación con otros placeres que, cuando son excesivos, resultan repugnantes, nadie encuentra repugnante un exceso en este tipo de experiencia; d) la experiencia es característica del hombre y sólo de él; otras criaturas tiene sus placeres, pero estos se derivan más bien del gusto y del olfato que de la vista y la armonía percibida; e) la experiencia se origina en los sentidos, sin embargo no depende de su agudeza […] los animales no tienen este tipo de experiencia; f) este tipo de placer se origina en las mismas sensaciones […]: de lo que se trata es que las sensaciones puedan disfrutarse bien por sí mismas, o por las cosas con las que se asocia [….]? La experiencia estética y, por ende el arte, al encontrar en todos los elementos que configuran la realidad un componente altamente estetizado, aquello que en principio parecía estarle reservado o era inherente al arte, pasa a formar parte de lo cotidiano pero sin contenido y con una finalidad última que no es la de llevar el arte a la vida y mejorar con ello la vida de los hombres, es decir, producir una revolución total del espíritu como enarbolaban las vanguardias históricas, sino diferenciar de otros productos y vender por tanto más que la competencia. Este diseño no siempre emocional de los objetos cuyo fin no es desinteresado (la experiencia estética según Kant ya sabemos que es a priori, finalidad sin fin y desinteresada) no lleva más que a sensaciones difusas, experiencias de bajo nivel. María José Gallardo pone a través de su obra la importancia del ornamento y la belleza y la evidencia de esta estatización sin emoción con una particular e irónica vuelta de tuercas a conceptos heredados y empolvados en el olvido.
Dependiendo del momento histórico al que nos dirijamos nos encontramos con una mayor o menor presencia de este elemento, pero hay momentos históricos en las que cobra una vital importancia como puede ser en la Edad Moderna. Cada uno de los elementos que componen sus lienzos poseen un carácter altamente decorativo ya que son elementos que en la actualidad y tras el paso por la modernidad se entienden como superfluos y accesorios. Guirnaldas, banderas, rocallas, mueble, todo el atrezzo e incluso la escritura adquiere el valor de elemento decorativo. La artista centra su interés en estos elementos para desviar nuestra mirada hacia los citados elementos de cualquier lugar o momento histórico. Sobre un mismo plano conviven elementos que provienen de momentos y culturas diferentes que la artista disponen en equilibrio sin que los dientes del espectador/lector chirríen. Por otra parte y dentro de este punto nos gustaría señalar otra acepción que tiene la palabra ornamento y es la que hace referencia al ámbito religioso, ya que así se denominan a las vestiduras que usan los sacerdotes cuando celebran misa y, también, los adornos del altar que son de lino o seda. Las series que nos ocupan se denominan Capitulares y Con la preciosa sangre de tus heridas retratan de manera poco ortodoxa la vida de diferentes santos. Pero la religión no se encuentra sólo presente en este aspecto sino que también lo está en las múltiples apropiaciones que hace de los objetos de culto como pueden ser los reclinatorios de una iglesia, la presencia de libros sagrados, una virgen con el niño o el niño Jesús dormido sobre una calavera o con los elementos de la pasión. Hay en su obra una fuerte labor documental de ámbitos muy diversos como puede ser la heráldica, la iconografía, la moda, el cine, la literatura, etc. y con un gran rigor que a la hora de ser plasmado en el lienzo sufre una total y absoluta convulsión compositiva que entremezcla todos los elementos fruto de esta investigación. Resulta sorprendente como ante la pregunta de cada uno de los elementos que aparecen en sus lienzos, que son muchos, corresponde a una respuesta sincera que nos remite a la fuente, es decir, sólo María José es capaz de realizar esa ontología del objeto ya que el referente está lejos del alcance del espectador, porque ha sufrido una fuerte decodificación que lo hace difícilmente rastreable. Reunir los huesos de muertos, ya sean santos o no, es lo que todos conocemos habitualmente como osario, pero María José Gallardo en su ya habitual vuelta de tuercas nos muestra un osario cuanto menos curioso. Esta serie interminable de lienzos retrata a mujeres, salvo en contadas excepciones, con vestidos de épocas diversas y ataviadas de múltiples formas posando ante el espectador. Continúan siendo mujeres sacadas de revistas de moda pero ahora su función es otra, ya no posan para vendernos un determinado perfume o decirnos cuáles son las habilidades que una perfecta ama de casa debe tener, sino que ahora se encuentran ocupando espacios reservados al hombre en la tradición, aparecen armadas y sobre caballos llevando banderolas, armas o escudos pero siempre perfectamente ataviadas, peinadas y vestidas para la ocasión luciendo en sus faldas tapices que nos cuentas historias, con lazos, volantes, pliegues y todo tipo de estampados. En estas serie nos encontramos también con diferentes adaptaciones de cuentos populares que ha readaptado introduciendo elementos que distorsionan su identificación y la propia narratividad del relato. Lo mismo ocurre con el cine que también lo toma como parte de una de sus posibles referencias un caso claro es el Mago de Oz, relato infantil adaptado al cine, que caracteriza a Dorothy con unas botas de tacón de aguja rojas de charol y un perrito, Totó, un tanto irreverente. Nos sitúa ante dos dilemas, por una parte el introducir una vez más la cultura popular oral y visual en el lienzo readaptándola a criterio de la artista y, por otro, el uso de los cuentos infantiles como referente en el que subvertir los valores que desde la infancia nos son impuestos. Es decir, frente a las posturas maniqueas y autoimpuestas en las que cada cosa está tipificada nos encontramos con una mirada desprejuiciada ante la que los signos y los símbolos tienen un valor objetual icónico que puede estar desprovisto de su contenido semántico. Nos propone, al igual que José Agustín Goytisolo, que seamos capaces de pensar o ir más allá. Érase una vez un lobito bueno al que maltrataban  todos los corderos. Y había también un príncipe malo, una bruja hermosa y un pirata honrado. Todas estas cosas había una vez. Cuando yo soñaba un mundo al revés.

José Agustín Goytisolo 

Esta idea de mirar a las cosas de forma desprejuiciada ofreciéndoles la posibilidad de que tengan un discurso más allá del que les viene autoimpuesto lo aplica la creadora ante el uso de elementos tan connotados visualmente como pueden ser las banderas y blasones. Cabe destacar la presencia de la bandera de España como elemento decorativo en múltiples ocasiones en la ropa de las protagonistas de nuestro particular desfile. Este uso de elementos simbólicos como objetos de ornamento que parodia la presencia de los mismos en ciertos ámbitos sociales y la subscripción a ciertas ideologías usados en muchas ocasiones de forma erróneo o incluso. La presencia de lo Kitsch juega por tanto también un papel muy importante y está presente en su obra. Hace referencia también a distintos momentos históricos ya que mezcla imágenes que provienen de nuestra historia reciente, como pueden ser los ataúdes de militares cubiertos con la bandera de España en referencia a distintas tragedias con otras que pertenecen al pasado, así como otro ámbito como puede ser el religioso. Esta idea de unir diferentes momentos históricos sobre un mismo plano sin ningún rigor hace acopio del lenguaje más mediático que nos satura con sobre información y que muchas veces, sobre todo en el género rosa, inunda y extenúa al espectador con datos sin ningún interés que en muchas ocasiones son, o no, reales. La primicia es lo que interesa, los récords de audiencia. Al poner sobre un mismo plano todos estos elementos los aúna y los iguala vaciándolos de contenido y configurando una nueva realidad compleja y con una idiosincrasia propia. Málaga, Junio 2010