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Las consecuencias

Lo que la rara de Virginia piensa es sencillo y con esto debe quedar claro de una vez por todas: los recuerdos, por naturaleza, son concretos. Así podría resumirse. El recuerdo es el brazo que con brío lanza una piedra, es la piedra en su desplazamiento, es la superficie del agua que se fractura por el impacto, es la sucesión de ondas concéntricas hacia su disolución y, de nuevo, la piedra estática en el fondo del lago. El recuerdo es el proceso, pero también las partes indispensables que hacen posible ese proceso. Y, como es obvio, la irascible de Virginia lo sabe bien. No ha de quedar por tanto ninguna duda sobre lo siguiente: a ella el coleccionismo le trae sin cuidado. El coleccionismo, dice, tal y como es entendido por la mayoría, es tumoración mortal en el recuerdo. A ella no le interesa ? ¿y en el fondo a quién?, se repite en su cabeza- ni la organización ni la agrupación en delimitadas y compactas categorías. No es cuestión de sistematizar. Si hasta detesta las aficiones en su sentido más amplio. Ella lo que viene a dejar claro, ahora, sobre su cama, mirando el techo blanquísimo de esa habitación, es que el recuerdo tiene voluntad eléctrica. Y que una cosa siempre lleva a otra. Para qué negarlo, todos sabemos que la mayoría de corazones tienen forma de diamante mecánico, que una mirada inyecta más recuerdo que una palabra ?que apenas se ve- y que la trenza básica de la loca de Virginia, sobre ese almohadón, duele tanto como una rodilla magullada. Pero no se equivoquen, ella ha celebrado todas las fiestas de todas las noches. No es una mujer triste. Así que conserva sus faldas plisadas, su cota de malla, sus perfectas lazadas y los nudos felinos. Lo conserva y, además, cela por todo ello. A veces lo mira y se echa sobre la cama a disfrutar de sus certezas sobre el recuerdo y su extremado grado de concreción. Solo hay algo, y así lo reconoce ella mientras se alza ese inmenso cuello de la camisa, que la perturba como un bostezo infinito. Los animales. No es enfermedad, pero casi, que animales con los que nunca se cruzó a lo largo de sus apenas 30 años de vida, le provoquen tal sacudida en el recuerdo. Pero es así, y comprende a la perfección el gesto piadoso del animal que desconoce su inmediato abatimiento, su compleja y retorcida morfología muscular, su cornamenta astillada y sus huellas en orden matemático. La anémica de Virginia reconoce que, cada vez que sueña con ellos, las venas se le hinchan, la sangre se le hace arena y le cuesta dejar de rememorar el pasado. Y es entonces cuando toma mayor conciencia del recuerdo como proceso, como objeto, como piedra en el fondo del lago. Y ahí vuelve al principio. Y ahí vuelve a sentir alivio. Ella, la Virginia más despierta, habla de espejos, de sillas, de retratos, de mesas como nervios, de medallas que quizá nunca le pertenecieron y atesora ?no colecciona- en los cajones que ha distribuido por toda la casa, y que hoy, antes de echarse sobre la cama con esas ordenadas ojeras, ha abierto con generosidad para que sigan así durante todo el día. ¿Pero qué recuerda Virginia? ¿Qué es lo que ronda la cabeza de la honesta y a veces hiriente Virginia? En realidad, de eso no habla. Remite una y otra vez, hasta la extenuación, a lo concreto: al jardín expoliado, a las cuerdas anudadas, a las llagas, a los ojos, a las lámparas que nos traen luz de ayer. Como si quisiera compartir sus recuerdos de la única forma que hace posible que los hagamos más nuestros que de ella. Y eso da miedo y enmudece. Aunque parezca que Virginia, así, en su cama, está más cansada que nunca, lo único que busca es una corriente de aire que le alivie las manos y la frente. Y mientras eso ocurre, porque acabará ocurriendo, nos ha dejado los cajones abiertos de par en par, y ahora estamos frente a ellos. Pensándonoslo. Tendiendo hacia el vértigo. Armando el brazo con cierta rabia para lanzar la piedra lo más lejos posible y asumir las consecuencias de las mínimas e imparables ondas concéntricas. Porque aquí, los recuerdos, por naturaleza, son concretos. Es una buena forma de resumirlo.

Juan Manuel Gil